Valores de la educación Agustiniana

Los valores que configuran la propuesta educativa agustiniana

Se trata de un breve sumario acerca de los valores que nos permiten configurar un modelo de persona humana y de sociedad. Es tanto como fijar las señas de identidad y la oferta concreta de la pedagogía agustiniana. Descartando la pretensión de encerrar en unas notas la especificidad de lo agustiniano, porque se trata, esencialmente, de un espíritu, una actitud total frente al ser humano, frente al mundo y frente a Dios.

valores 1Después de siglos de monopolio de la razón, es urgente la reconciliación con el mundo de los sentimientos. La disociación mente-corazón es empobrecedora. Enseñar a pensar y enseñar a amar puede presentarse hoy como una de las geniales síntesis agustinianas y una de las propuestas pedagógicas apremiante. El libro y el corazón como elementos nuclea­res del escudo agustiniano. Cuando se produce el debilitamiento de la afectividad o del pensamiento, el ser humano se sitúa al borde del conflicto. «Un corazón desorientado, es una fábrica de fantasmas», señala san Agustín. El riesgo está en que el crepúsculo de la razón coincida con la explosión del sentimiento y asistamos a un desequilibrio de otro signo, pero desequilibrio en el fondo.

Nunca la educación ha sido tarea fácil, pero menos hoy por la complejidad del mundo familiar y social. Por eso el educador tiene que sumar a los sentidos humanos otros dos: el sentido de la percepción lúcida de la realidad y el sentido de la anticipación. En dos palabras, realismo y prospectiva.

Se dice que estamos ante una crisis de valores, se habla de la educación en valores y hay quienes afirman que la transformación más determinante de nuestro tiempo es, sin duda, el cambio de valores. Como resultado se ha producido una transvaloración, una mutación significativa de valores.

El gran desafío con que se encuentra la educación en el momento actual, es la integración de un sistema de valores compartidos para construir sobre ellos la propia vida y el entramado social. Toda educación se desarrolla sobre un sistema de valores. Más allá de los procesos de instrucción y de socialización, educar es ayudar a ser persona y la personalización requiere la presencia de unos valores que orienten el propio desarrollo. Nadie crece elevándose desde la soledad, por sus propias fuerzas, sino mediante una relación de diálogo con los demás y el encuentro con unos valores de sentido. Se trata, entonces, de contribuir a la clarificación de un equipaje axiológico que pueda hacer de buque insignia del comportamiento personal. De lo contrario, los niños y jóvenes, inmersos en una cultura- mosaico, viven y asimilan un conjunto disperso, fragmentado y, a veces, contradictorio, de pautas de conducta que da como resultado una identidad flotante.valores 2

La ausencia de valores, por otra parte, deja a la vida humana sin brújula y a la deriva, sin consistencia, porque los valores son el esqueleto ético-moral de la conducta. ¿Habrá que reforzar el discurso acerca de los valores? Una de las mayores perplejidades que padece la educación contemporánea nace de la pluralidad de comprensiones de la vida que existe en la sociedad y en la misma escuela. Como si todo fuera opinable y relativo. Por eso son necesarios proyectos comunes básicos, indicadores que orienten la acción educativa. Aquí es donde hay que situar la educación agustiniana como propuesta no de saberes y conocimientos, sino de unas actitudes que enseñan a mirar, a pensar, a amar, a decidir, a dialogar, a convivir, a esperar… Los valores se perciben cuando se ven encarnados en las personas y se devalúan si el mensaje aparece como pura abstracción, sin el respaldo de la vida. Cuando el educador pierde autoridad moral, se termina por rechazar sus enseñanzas.

La Escuela Agustiniana se mueve hoy entre dos tareas concretas: La actualización de su propia propuesta de valores y la transmisión de las actitudes y convicciones derivadas de esos mismos valores, a través de una pedagogía y una cultura adecuadas.

A la vista de la propuesta de la pedagogía agustiniana, se puede definir la aportación cultural propia en el sentido que acabamos de ver. Seleccionamos como valores educativos agustinianos, la interioridad, la verdad, la libertad, el amor, la amistad, la comunidad, la justicia y la solidaridad. Un listado que nunca puede entenderse como cerrado para que la educación no pierda su necesaria contemporaneidad.

Si es importante en el inmenso océano del pensamiento agustiniano la fijación de un listado de valores, también lo es llegar a concretar los objetivos y la metodología a emplear para adquirirlos. Por eso es necesario instrumentar una pedagogía de cada uno de los valores destacados y señalar de qué modo, unos y otros, se vertebran e interrelacionan en una misma constelación. Con este propósito se agrupan los valores agustinianos en torno a dos grandes objetivos, como son aprender a SER y aprender a COMPARTIR. Dos aprendizajes básicos que la UNESCO no duda en incluir entre los pilares de la educación. Conferir a los seres humanos la posibilidad de autonomía de pensamiento para poder constituirse en artífices de la propia vida y la capacidad para la convivencia, son objetivos fundamentales que cubren todo el arco de la existencia humana.

De esta manera, llegamos a formular la que podríamos calificar como propuesta educativo-agustiniana:

  • Valor básico de la antropología agustiniana es la interioridad que abarca un amplio horizonte de significados. Interioridad equivale a autoeducación, personalidad, libertad, capacidad de distanciamiento crítico de la realidad, lugar de los grandes encuentros: con uno mismo, con los demás, con Dios. Por eso San Agustín sugiere un triángulo de relación formado por el alumno, el Maestro interior y el maestro humano que presta el servicio del acompañamiento. Aparece así agrandada la misión del maestro en el pensamiento agustiniano y se le atribuye una función espiritual: Es el pedagogo de la interioridad que lleva al alumno hasta el centro de sí mismo para que se encuentre con el Maestro interior y se produzca el ensanchamiento total de su ser más íntimo que le permita conocer, relacionarse, amar. Es aquí donde se juega su felicidad y donde ha de asumir una responsabilidad y un protagonismo insustituibles. Se entiende así la interioridad como término de un itinerario y un proceso que compensa el desgaste de la vida y el riesgo de diluirse en lo externo y en el anonimato impersonal.

valores 3La feliz y fecunda intuición del Maestro interior es sintonía que se repite en la obra agustiniana. Hablar y enseñar son tareas diferentes. El maestro acompaña, orienta en esa aventura apasionante de buscar la verdad y unificar ciencia y conciencia, sabiduría y fe.Junto a la interioridad, el amor. La pedagogía agustiniana educa para la amistad y para el amor. Convivir y vivir juntos es uno de los cuatro aprendizajes que constituyen, según la UNESCO, los pilares de la sabiduría. La amistad presupone una cultura de la gratuidad que se traduce en una actitud de acogida, una dedicación total y permanente. Sólo una institución educativa formada por profesores y padres así, con momentos de encuentro y de diálogo, puede crear clima de amistad y transmitir la pedagogía agustiniana de la amistad y la solidaridad. San Agustín se pregunta en La ciudad de Dios: “¿Qué consuelo nos queda en una sociedad humana como ésta... sino la lealtad no fingida y el mutuo afecto de los buenos y auténticos amigos?” (XIX, 8).

En síntesis, estas son las líneas que definen la pedagogía agustiniana, inspirada en un hombre que jamás sintió la pereza por buscar la verdad sin descanso, defendió que la fe es un peldaño para poder entender y vivió convencido de que el amor es la fuerza mayor de nuestro mundo. Razón, fe y amor de la mano. Verdad descubierta y proclamada desde el claustro de la interioridad para que las palabras sean hijas del corazón. Amor que es la mayor riqueza humana y el norte que dirige nuestros pasos. De la mano de estas convicciones, queremos ofrecer una propuesta educativa que, más allá de los contenidos y saberes instrumentales, contribuya a un humanismo que, por estar abierto a la trascendencia, es plenitud.

Texto escrito por el P. Santiago Insunza, OSA